No a la Especie Humana

12 11 2008

Por César Hildebrant

Hay por allí, desde el 2001, una organización de aspiración internacional llamada Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria (VHEMT, por su acrónimo inglés).

Fundado por un tal Les U. Knight, que dice vivir en Portland, Oregon, pero que más bien parece el seudónimo de un colectivo que juega con las palabras, el movimiento no propone que George Bush gobierne el mundo ni desea que el suicidio se vuelva una pandemia ni sueña con que cada uno mate a quienes detesta.
Lo que propone es que dejemos de reproducirnos. Y lo que cree es que si logra convencer a la humanidad que lo mejor que puede hacer por el planeta Tierra es desaparecer, habrá servido a la causa de la vida y a los propósitos de la naturaleza y aun a lo que podría llamarse la salud cósmica.

VHEMT, que en inglés se oye como vehemente, plantea, sin decirlo de modo explícito, cosas muy próximas a las que yo podría considerar mis más desoladas convicciones: que el hombre es un error de la evolución, una variante depravada del azar, una voracidad sin límites destinada a destruir lo que toca y a llamar progreso a la acumulación de lo innecesario y civilización a las colmenas de la uniformidad y cultura a lo que Sotheby’s vende por millones.

Dice VHEMT ser la encarnación moderna de una vieja idea que jamás se atrevió a presentarse en sociedad pero que ahora puede ser decisiva para conservar la vieja Gea, la Tierra olvidada que las texacos pudren y perforan.

Yo también pienso que un planeta sin humanos sería una devolución a la Tierra de ese paraíso que el mito bíblico ha querido calumniar. Porque, desde el punto de vista evolutivo, el hombre es la serpiente tentadora que convirtió el paraíso primordial –la Tierra sin él- en el infierno donde 60 millones de búfalos fueron cazados por diversión y donde a algunos animales se les despelleja vivos para vestir al hembraje de los palcos bordados con pan de oro.

Desde que los cavernícolas acabaron con los mamuts –el primer faenón de la bestia que somos-, el hombre no ha hecho sino pasar como langosta por todas las cosechas de la vida y no ha parado hasta poner en peligro el curso de las estaciones y el inventario del oxígeno.

Lo que en el fondo plantea el VHEMT es la convicción de que no hay ninguna negociación posible entre la naturaleza y el hombre, su más hábil enemigo. Y no la puede haber no sólo porque el hombre jamás dejará de creer que la superioridad de su inteligencia le da derechos especiales sobre el planeta que lo acoge sino porque, mayoritariamente, el bicho bípedo, la bestia erecta, el taurófilo con lentejuelas en suma, está convencido de que Dios es su secuaz, su padrino mafioso y su papi Soprano.

Lo mejor que puede pasarle al planeta es rebobinar el tiempo y regresar al cretácico superior y permitir que la orquesta de la evolución vuelva a tocar a plenitud en un paisaje de cielos descarados y llanuras sin tacha. Eso no será posible con la bestia nuclear ejerciendo su dominio y matando a todo lo que sea “otro” –incluyendo en ese “otro” las plantas que quiere ensuciar con sus experimentos, los animales que asesina con fines surtidos, los “enemigos” que bombardea por disputas territoriales-.

De modo que VHEMT dice que si, muy lentamente, dejamos de procrear sin dejar de hacer el amor –o amando más que nunca, amando sin sembrar-, llegará el día en que “dejemos de sentenciar a otros a vivir la vida que hemos malogrado”.

Porque, al fin y al cabo, como todos sabemos pero pocos están dispuestos a reconocer, el universo no nos necesita y yo supongo que si Dios existiera ya hubiera apretado la tecla de borrar para ensayar con alguna mejor ocurrencia.

Fuente: http://bloghildebrandt.blogspot.com/2008/11/tierra-balda.html


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